Soy Migrante y me duele


Por Susi Pola

Siempre fui migrante, desde muy pequeña. En 1951, mi padre y mi madre, junto a mi hermana mayor, 8 años entonces, y yo de 5 años, emigramos desde Asturias hasta la Patagonia Argentina. Fue época de desplazamientos humanos, como le llaman ahora, empujados por la posguerra europea, las calamidades y pobreza que dejó tras de sí.

Salimos de España, del puerto de Barcelona el 28 de agosto y llegamos el 14 de septiembre de 1951 al puerto de Buenos Aires. Un viaje imborrable determinando el fin de una época y comienzo de otra para nuestra familia que se asentó definitivamente en la ciudad patagónica de Comodoro Rivadavia, en el centro del Golfo San Jorge, donde transcurrió mi niñez y adolescencia.

Recuerdo los afanes de mi padre y mi madre por la cantidad de trámites a llenar y aún conservo fotos oficiales familiares y formularios llenados en aquella época. Cuando salí de Argentina, a los 18 años, para ir a Canadá a estudiar, tuve que desandar algunos pasos y recuperar mis papeles de entrada en una oficina del puerto de Buenos Aires, donde me devolvieron formularos legalizados en 1951. Mi padre y mi madre, ambos fallecieron en 1996 en Argentina, siendo inmigrantes. Mi hermana es argentina nacionalizada argentina y tenemos un hermano que nació en la Patagonia y es argentino, amos, tienen una gran familia nacida en allí.

En estos día, a partir de la puesta en marcha del Plan de Regularización de extranjeros y extranjeras en R. Dominicana, he revivido la odisea de nuestra familia, comparando situaciones con las personas de origen haitiano en este proceso. En primer lugar, nuestra familia tuvo la ventaja de que existían protocolos y leyes reguladoras que hicieron la tarea a mi padre y mi madre, mucho más fácil, aunque tortuosa, un gran punto a favor, porque en R. Dominicana, hasta 2010, no hubo ninguna regla establecida para las personas de origen haitiano que venían a nuestro país, al contrario, eran requeridas como fuerza de trabajo, primero para cortar la caña y luego para otras labores agrícolas y en la construcción, sin que a las autoridades les molestara.

En el caso de otras nacionalidades, si se aplicaban con mayor o menor rigor, trámites migratorios. Yo llegué al país casada con un dominicano, en 1970, y me nacionalicé dominicana en 1981, hasta entonces, debí presentarme anualmente en Migración y pagar los impuestos que se requerían para estar legal, a cambio de lo cual, mantenía una cédula de identidad para esos fines.

Esta ausencia de reglas migratorias para personas nacionales haitianos, permitió que grandes grupos de esa nacionalidad se asentara en el país en el tiempo, sin tener documentos ni de su país, Haití y mucho menos de la R. Dominicana, lo que no fue un obstáculo para que se desarrollaran aquí. La frontera domínico haitiana, era un paso relajado y fácil de traspasar, y la corrupción domínico haitiana, hacía el resto!

A raíz del terremoto de 2010 en Haití, el flujo de nacionales de ese país hacia el nuestro, ha sido más grande y constante, algo razonable si tenemos en cuenta que somos una isla con dos países de diferentes cultura y niveles de pobreza, porque ambos somos países pobres, amarrados en una espacio que flota en el mar.

Para 2013, se aprobó un Plan Nacional de Regularización de personas extrajeras en situación migratoria irregular, ordenado por la controversial sentencia del Tribunal Constitucional TC/0168/13, dictada en fecha 23 de septiembre de 2013.

La decisión de regularizar la migración, es una acción necesaria que debió haberse hecho hace muchísimos años, los países limítrofes deben tener reglas para la migración de sus nacionales entre sí, y también con los que están más lejanos. Sin embargo, el gran error que desató una cadena de injusticias, es el haber retrotraído los efectos de la ley, a 1929, con lo que se desnacionalizó a un número considerable de dominicanos y dominicanas de origen haitiano, personas que nacieron en suelo dominicano, incluso, y no conocen otra realidad que la vivida en este suelo.

R. Dominicana abrió el Plan de Regularización de extranjeros y extranjeras, empezando de manera controversial, sin tener en cuenta como punto de partida la Constitución de 2010, a partir de la cual solo son dominicanas y dominicanos: 1) Los hijos e hijas de madre o padre dominicanos; 2) Quienes gocen de la nacionalidad dominicana antes de la entrada en vigencia de esta Constitución; 3) Las personas nacidas en territorio nacional, con excepción de los hijos e hijas de extranjeros miembros de legaciones diplomáticas y consulares, de extranjeros que se hallen en tránsito o residan ilegalmente en territorio dominicano. Las autoridades aplicaron la ley retroactivamente, yéndose al año 2029.

Puedo de imaginar si tal situación se aplicara en la R. Argentina, por ir al ejemplo de mi propia familia, y a mi hermana y a mi hermano los desnacionalizaran porque, con mis padres, llegamos después de 1929. Un disparate que impactaría a toda la familia que nació, en suelo argentino, después de nuestra llegada en 1951 y dejara como apátridas a unos cuantos de ellos y ellas.

Esa es la tragedia humanitaria que estamos presenciando con dolor, dominicanos y dominicanas hoy, historias muy tristes de migrantes haitianos y también, nacidos aquí, otros, llegados al país cuando eran pequeños, gente que no conoce ni siquiera a Haití, porque han vivido siempre aquí! El desarraigo es doloroso, aunque sea voluntario!

 

 

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