Moca, alarma y dolor
Por Susi Pola
(Publicado en El Nacional del martes 9 de junio)
Tomás
Rafael Sosa Rodríguez, dominicano de 52 años, que vivió 20 en Estados Unidos,
regresando al país con dinero acumulado y bien establecido en la comunidad de
Estancia Nueva, Moca, asesinó a su compañera de los últimos dos años, a una tía
y una prima de ella.
Las
víctimas, Andreína Espinal, pareja del feminicida,
María Espinal y Vanessa Espinal, tía y prima de ella, de 24, 43 y 25 años de
edad respectivamente, sucumbieron al triple feminicido, abatidas por varios impactos de bala realizados
por Sosa Rodríguez con una pistola calibre 9 milímetros que portaba con permiso
legal.
Andreina, objeto primero de la violencia
del agresor y feminicida, deja una niña de 6 años de edad, fruto de una
relación anterior y muestra un destino casi predecible en las jóvenes mujeres
que empiezan vida de pareja a temprana edad. La familia de estas
niñas-adolescentes-jóvenes, las empujan a encontrar un ¨hombre con
posibilidades¨ que se haga cargo de ellas. Entienden que si ya ¨es mujer¨, puede
y debe ¨arreglarse sola¨, entregándolas al designado con alivio y entendiendo
que, a partir de ahí, estará ¨aposentada¨.
Como
dijera la especialista mexicana Julia Monárrez, la práctica feminicida,
producto del sistema patriarcal, comprende toda una serie de acciones y
procesos de violencia sexual, que van desde el maltrato emocional y
psicológico, los golpes, los insultos, la tortura, la violación, la
prostitución, el acoso sexual, el abuso infantil, el infanticidio de niñas, las
mutilaciones genitales, la violencia doméstica, la maternidad forzada, la
privación de alimentos, la pornografía, hasta toda política, tanto personal
como institucional, que derive en la muerte de las mujeres. Todo esto tolerado
y minimizado por el Estado y las instituciones religiosas.
En
Moca, con Andreina, su tía y su prima, fallaron todos los controles, empezando
por el familiar y el entorno inmediato, con padre y madre que ¨no sabían¨,
vecindario que ¨si sabía, pero no se metía¨, amigas que presenciaban violencias
horribles pero no denunciaban y en fin, un sistema desarticulado, adormecido
entre el agobio y la necesidad, con poco apoyo económico para desarrollar
estrategias de prevención mínimas, con poca comprensión del fenómeno y sin
interés local y nacional, ni registro adecuado de estos crímenes.
Hace casi 20 años
que en nuestro país se habla del feminicidio, demasiado tiempo para que no se
entienda que es emergencia nacional desde que supimos que una media de 200
dominicanas son asesinadas por ser mujeres cada año.
Estamos muy mal, y
seguiremos peor mientras no desmontemos las causas que producen estos crímenes.
susipola@gmail.com

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