Este 17 de mayo se conmemora el Día Mundial Contra la Homofobia, fecha en que reivindicamos la condición humana y los derechos ciudadanos de otro grupo históricamente despreciado, discriminado y excluido. Resulta difícil aceptar que en pleno siglo XXI el sexo del ser amado pueda todavía determinar la calidad de la ciudadanía, los afectos familiares, las oportunidades laborales, el reconocimiento social de una persona. Resulta difícil aceptar que los adolescentes gays y lesbianas sean abusados y hostigados despiadadamente en las escuelas sin que las autoridades educativas los protejan; que las madres lesbianas pierdan la tutela de sus hijos a manos de los tribunales de justicia; que las transexuales sean asesinadas en las calles sin que las autoridades se dignen investigar a fondo sus muertes; que podamos perder nuestros empleos y ver destruidas nuestras aspiraciones profesionales sin más motivo que el prejuicio homofóbico; que las iglesias nos sigan acosando con el estigma del pecado y promoviendo “terapias de reconversión” cuya crueldad e inutilidad han sido denunciadas por organismos de salud y de derechos humanos de todo el mundo.
Nuestro país debe enfrentar de una vez por todas los dilemas éticos y políticos que plantea la homofobia. No podemos seguir proclamando nuestra vocación democrática mientras le negamos derechos a las y los ciudadanos con orientación sexual diferente; no podemos declararnos partidarios de la globalización mientras ignoramos las normativas internacionales de derechos humanos; no podemos decir que la nuestra es la religión del amor, mientras sus sacerdotes y ministros siguen promoviendo el odio.
De todas las instituciones sociales, las iglesias tienen la mayor obligación moral en este sentido por ser ellas la principal fuente de sustentación ideológica y legitimación ética de la homofobia. Esas mismas iglesias que se autoproclaman la brújula moral de nuestra sociedad –y que en otros tiempos apelaron a los textos bíblicos para justificar la esclavitud de los negros y la subordinación de las mujeres- tienen hoy la responsabilidad histórica de dejar atrás el ensañamiento homofóbico, convirtiéndose en agentes de respeto y tolerancia. Deben entender que sus discursos incitan a la persecución y al odio, que generan terribles sufrimientos y destruyen vidas. Que no esperen más, no sea cosa que la historia les haga la mala jugada que ya les hizo en el caso de Galileo, de las brujas y los herejes achicharrados en las hogueras, de los judíos perseguidos, los indios exterminados y los africanos esclavizados.
Hoy vemos con alegría y esperanza el acelerado proceso de cambios que tiene lugar en tantos países del mundo, sobre todo de nuestra América Latina, y que inevitablemente llegará también a nuestras orillas. Esperamos ansiosamente la hora en que también en la República Dominicana la valoración social de las personas se base en sus esfuerzos y logros, y no en el sexo de quien comparte sus afectos.
El respeto a la diversidad salva vidas. Dejemos atrás el odio y la intolerancia.


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